Símbolo de unidad y renacimiento, este pan dulce anular se instaló definitivamente en la cultura argentina gracias a la herencia de los antiguos pasteleros inmigrantes.
Si existe un aroma que define el cierre de la Semana Santa en los barrios argentinos, es el de la masa recién horneada de la rosca. Este producto, que simboliza la culminación de las festividades, llegó a finales del siglo XIX para quedarse para siempre en el corazón de la idiosincrasia nacional.
Los inmigrantes europeos trajeron consigo la técnica de las masas leudadas, ajustando cada preparación a la materia prima que ofrecía la región. Con el correr del siglo XX, la rosca de Pascua inició un proceso de expansión que la llevó de los mostradores profesionales a las mesas de cada casa, consolidándose como un elemento indispensable de la celebración. Su estructura circular no es casual, ya que evoca la eternidad y el encuentro, valores que los argentinos han abrazado como propios en cada merienda de domingo.
Al probar una porción de este pan dulce, se renueva un pacto con la historia y se rinde homenaje a aquellos antepasados que convirtieron una tradición lejana en un clásico de nuestra identidad.

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